
23 DE FEBRERO – 28 DE FEBRERO
LUNES, 23 de Febrero
En seguida el Espíritu lo impulsó al desierto, y estuvo en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás. Estaba con las fieras y los ángeles le servían.
— Marcos 1:12-13
La lectura de hoy, del Evangelio de Marcos, presenta una breve descripción de Juan el Bautista, el bautismo de Jesús por Juan y los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto. Esta es la parte de la historia de Jesús que la iglesia recuerda cada año durante los cuarenta días de Cuaresma.
Sabemos por los otros Evangelios que Juan el Bautista vivió en el desierto y sobrevivió con una escasa dieta de langostas y miel silvestre. Marcos dice que Juan “apareció en el desierto”. Podemos suponer que tanto Juan como Jesús se sometieron voluntariamente a esta vida de dificultades en un entorno muy hostil a fin de fortalecer su relación con Dios.
Los cuarenta días de Cuaresma son un tiempo de ayuno y arrepentimiento; practicamos versiones modernas de las privaciones del desierto al despojarnos de cosas tangibles o ideas que apreciamos. Pero, ¿por qué debemos someternos voluntariamente a las dificultades para acercarnos más a Dios? En las comunidades religiosas, hacemos votos de pobreza, castidad y obediencia. El voto de pobreza a menudo es malinterpretado por el público como privación y miseria. Afortunadamente, ese no es el caso. Las Hermanas de mi convento vivimos el voto de pobreza eliminando cualquier cosa que pueda distraernos de Dios. No tenemos nuestras propias cuentas bancarias, usamos un hábito todos los días y consideramos todo en el convento como “nuestro” y no “mío”. Renunciamos voluntariamente al matrimonio y a los hijos para pasar más tiempo con Dios, y para nosotros, este acto de sacrificio trae un tremendo gozo.
Una vez vi a un consejero de adicciones en la televisión que describió la sobriedad como algo “más difícil, pero mejor”. El Vía Crucis es más difícil, pero es mucho, mucho mejor que cualquier otro camino.
Reflexiona: ¿Cómo te ha ayudado tu comunidad de fe a profundizar tu conexión con Dios?
MARTES, 24 de Febrero
Jesús le reprendió diciendo: «¡Cállate y sal de él!». Y el espíritu inmundo lo sacudió con violencia, clamó a gran voz y salió de él. Todos se maravillaron, de modo que discutían entre sí diciendo: «¿Qué es esto? ¡Una nueva doctrina con autoridad! Aun a los espíritus inmundos él manda, y lo obedecen». Y pronto se extendió su fama por todas partes, en toda la región alrededor de Galilea.
— Marcos 1:25-28
En el pasaje de hoy del Evangelio de Marcos, Jesús comienza su ministerio terrenal llamando a Simón, Andrés, Santiago y Juan para que lo sigan. Dejan atrás a sus familias y su sustento y van con Jesús a Capernaúm, donde enseña en la sinagoga y expulsa un espíritu inmundo de un hombre en la sinagoga.
Siempre me pregunto qué fue lo que Simón, Andrés, Santiago y Juan vieron en Jesús que los hizo renunciar a todo para seguirlo. Cuando iniciamos la vida religiosa, también renunciamos a todo lo que poseemos para dedicar nuestras vidas a Jesús, pero nuestra elección se hace porque ya conocemos a Jesús. Sabemos de su divinidad y milagros, y conocemos sus enseñanzas. Nos sentimos seguras al seguir a Aquel que sabemos que es el Mesías. Aquellos primeros apóstoles no sabían nada de estas cosas y, sin embargo, eligieron seguir a este amable maestro cuya sola presencia era tan poderosa que los atraía a su ministerio.
Los cuatro pescadores pueden haber pensado que seguir a Jesús sería algo temporal, o pueden haber tenido algunas dudas cuando partieron hacia Capernaúm, pero sus dudas probablemente se disiparon al escuchar el genio de sus enseñanzas en la sinagoga. Su fe seguramente debe haber echado raíces profundas y permanentes cuando fueron testigos de cómo Jesús expulsaba al espíritu inmundo. Tal vez no estaban del todo seguros hasta que escucharon al espíritu proclamar: “Yo sé quién eres: ¡el Santo de Dios!”.
Reflexiona: ¿Qué fue lo que te hizo darte cuenta de que Jesús es el Santo de Dios? ¿Fue algo que te enseñaron o fue una experiencia?
MIÉRCOLES, 25 de Febrero
Al atardecer, cuando se puso el sol, le traían todos los enfermos y los endemoniados. Toda la ciudad estaba reunida a la puerta. Y él sanó a muchos que padecían de diversas enfermedades y echó fuera muchos demonios. Y no permitía a los demonios hablar, porque lo conocían.
— Marcos 1:32-34
El ministerio de Jesús cobra impulso a medida que la noticia de sus milagros comienza a difundirse. Visita la casa de Simón y Andrés y cura a la suegra de Simón. Luego sana a muchos habitantes del pueblo y expulsa demonios. A la mañana siguiente, sale temprano y va a un lugar solitario para orar.
Una vez más, ver cómo Jesús aparta tiempo para orar puede enseñarnos una lección. Después de un tiempo dedicado a sanar y enseñar, se toma un descanso para orar. Cualquiera de nosotros que sirve a la iglesia, desde un voluntario hasta una obispa, es consciente de que los ciclos de trabajo y de descanso son cruciales para preservar nuestra energía y evitar el agotamiento. En conventos y monasterios, equilibramos nuestro tiempo de trabajo y nuestro tiempo de oración a lo largo del día, todos los días. Si estamos en medio de un proyecto de trabajo y suena la campana de la capilla, dejamos todo para ir a orar. En el trabajo secular, uno puede dedicarle las horas asignadas y dedicar tiempo para orar fuera del horario laboral. Pero a los monjes y a las monjas se les enseña que nuestro trabajo es orar. Orar, en la vida religiosa, es nuestra prioridad número uno. Este tiempo de oración comunitaria a veces se conoce como el Oficio Diario o el trabajo diario.
Soy muy consciente de que si mi trabajo en el convento no estuviera interrumpido por la oración a intervalos regulares, no tendría fuerzas para hacer mi ministerio. La oración es un manantial profundo del que constantemente extraigo alimento y sabiduría.
Reflexiona: ¿Haces una pausa para orar durante tu jornada laboral? ¿Cómo puedes crear un hábito santo de conversar con Dios a diario?
JUEVES, 26 de Febrero
De inmediato Jesús, dándose cuenta en su espíritu de que razonaban así dentro de sí mismos, les dijo: «¿Por qué razonan así en sus corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”; o decirle: “Levántate, toma tu camilla y anda”? Pero, para que sepan que el Hijo del Hombre tiene autoridad para perdonar pecados en la tierra».
— Marcos 2:8-10a
La historia del paralítico que cuatro amigos bajan por el techo, y luego es perdonado y sanado por Jesús, es una de las cosas que más me gusta visualizar en mi tiempo de oración. En ese momento de Marcos, el ministerio de Jesús ha comenzado a atraer a grandes multitudes, por lo que la casa donde está enseñando está llena de gente. Los cuatro amigos que llevan al paralítico a la casa tienen tanta fe en los poderes curativos de Jesús que no se dejan intimidar por la multitud. Logran una hazaña casi imposible para llevarlo a la presencia de este hombre del que han oído hablar, un hombre que realiza milagros.
Pero Jesús no sana al paralítico de inmediato. Primero perdona los pecados del hombre. Los maestros de la Ley que ven esto piensan para sí mismos que esto es una blasfemia porque solo Dios puede perdonar el pecado. Estoy segura de que se sorprendieron cuando Jesús supo exactamente lo que estaban pensando, y explica sus acciones para que “sepan que el Hijo del Hombre tiene autoridad para perdonar pecados”.
Luego, Jesús sana al paralítico. Todas las personas apiñadas en la casa ven a Jesús decirle al hombre que se levante, tome su camilla y camine. Este es otro momento maravilloso para visualizar en nuestro tiempo de oración. ¿Cómo nos sentiríamos si fuéramos testigos de que algo así? Un hombre que la gente del pueblo sabe que está paralizado de repente se pone de pie y camina a la vista de todos. No pueden descartarlo como un engaño. ¡Es un milagro!
El sufrimiento del mundo es tan inmenso que muchos se alejan, pensando que no tienen el poder para ayudar. La Agencia Episcopal de Alivio y Desarrollo, junto con otras organizaciones sin fines de lucro similares, es testigo de milagros. Puede parecer poco realista creer que se pueden reunir suficientes donaciones y lanzar suficientes programas para tener un impacto real en un mundo quebrantado por la injusticia, pero cuando trabajamos junto a Cristo, nos alimentamos de un manantial infinito de curación milagrosa.
Reflexiona: Una pregunta para hacerle a Dios en tu vida de oración: ¿Por qué Jesús perdonó los pecados del hombre, además de sanarlo?
VIERNES, 27 de Febrero
Al oírlo, Jesús les dijo: «Los sanos no tienen necesidad de médico sino los que están enfermos. No he venido para llamar a justos sino a pecadores».
— Marcos 2:17
Una de mis citas favoritas es: “La iglesia no es un museo para santos: es un hospital para pecadores”. Este aforismo refleja el ministerio de Jesús en la tierra, en el que confundió a todos los líderes religiosos por pasar tiempo con pecadores y marginados.
Los recaudadores de impuestos en el tiempo de Jesús eran odiados por el pueblo judío. Eran judíos que habían traicionado a su propio pueblo y trabajaban para el opresivo Imperio Romano. Su pecado se agravaba por extraer enormes sumas de dinero y tomar un porcentaje adicional para llenar sus propios bolsillos.
Jesús cenaba regularmente con estos traidores y con muchos otros que se consideraban una amenaza para la forma de vida de los judíos. La ley, el orden y la separación eran valores profundamente arraigados en la cultura judía. ¿Por qué Jesús, que afirmaba ser Dios encarnado, querría tener algo que ver con estos pecadores?
Al ministrar tanto a los justos como a los pecadores, Jesús nos muestra algo sobre la naturaleza de Dios. El amor de Dios no es algo que deba reservarse solo para quienes caminan por el camino angosto y siguen todas las reglas. Se da por igual a todos y todas, sin importar lo que hayan hecho.
Una vez visité una casa en Bristol, Inglaterra, donde trabajadoras sexuales podían encontrar refugio de su tumultuoso mundo. La casa proporcionaba un entorno terapéutico, atención médica y una comida diaria para las mujeres y los empleados. Cuando mi compañera hermana y yo nos sentamos a comer, una de las extrabajadoras sexuales dijo con un acento muy pintoresco: “¡Vaya vaya, mírenme a mí sentada entre las santas!”. Me volví hacia ella y le dije: “Tú también eres santa. Todos somos santos, y Dios nos ama a cada uno de nosotros”. Ella parecía estar atónita; luego soltó una carcajada y señaló a quienes estaban alrededor de la mesa, diciendo: “¡Oigan todas! ¡Todas ustedes también son santas!”.
Dios encarnado vino a la tierra y cenó con los pecadores y nos mostró muy claramente que todos somos amados y que ninguno de nosotros es una causa perdida. Jesús puede redimirnos a todos, incluso si creemos que somos irredimibles.
Reflexiona: ¿Te imaginas a Dios amando a alguien a quien consideras malo o irredimible? ¿Puedes aceptar que Dios te ama a ti y a esa persona por igual?
SÁBADO, 28 de Febrero
También les dijo: «El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado». Así que el Hijo del Hombre es Señor aun del sábado.
— Marcos 2:27-28
En la vida religiosa, tenemos un dicho: “La caridad invalida la Regla”. Significa que a veces tenemos que romper nuestra propia estricta regla para poder seguir el mandamiento principal de Dios de amar a nuestro prójimo. Si un visitante toca el timbre cuando estamos en la capilla, puedo bajar a saludar a esa persona. Si estoy visitando a alguien en el hospital o consolando a alguien en duelo, automáticamente me excusan de la capilla. Soy una seguidora de reglas, pero es bueno saber que las reglas se pueden quebrar en nombre de la caridad, que nuestra gracia mayor.
En el texto del Evangelio de hoy, los fariseos reprenden a Jesús y a sus discípulos por recoger espigas en sábado (el día de reposo), y en otro incidente, lo observan para ver si sanaría a un hombre en sábado. Los fariseos están comprometidos a defender la Ley de Moisés para que el pueblo judío tenga una relación correcta con Dios, quien ha ordenado a su pueblo escogido descansar en el sábado y abstenerse de hacer cualquier trabajo.
Jesús, sin embargo, no ve alimentar a sus discípulos o sanar a un hombre como trabajo. Él ve estas cosas como actos de misericordia. También se enoja en la sinagoga y pregunta: “¿Es lícito en sábado hacer bien o hacer mal? ¿Salvar la vida o matar?” (Marcos 3:4). Los fariseos guardan silencio. En los trigales, les dice que el Hijo del Hombre es el Señor del Sábado, que en el lenguaje moderno básicamente significa “Oye, yo soy Dios, así que hice esa regla. Sé exactamente cómo interpretarlo, y tú no”.
Estos incidentes también apuntan a un significado mucho más amplio que va más allá de estos enfrentamientos. Jesús cambia el guion, enfatizando las motivaciones interiores del corazón por sobre una adhesión externa a la Ley.
Reflexiona: ¿Qué tipo de cosas se interponen en el camino de amar verdaderamente a tu prójimo?